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El anticuario de las gaseosas

Fuente: El Pais.com
Fecha: 00-00-0000, Hora: 00:00:00



Rafael Sánchez Barros muestra dos botellas antiguas de la marca Gran Vía.- LUIS SEVILLANO

Si partimos de que el coleccionismo es una pasión, y por tanto no responde a una decisión racional, nadie debería extrañarse de que Rafael Sánchez Barros tenga 60.000 botellas de gaseosa.

Este carpintero soltero de 58 años, nacido en el pueblo de Calera y Chozas (Toledo), empezó a aunar botellas a principios de los años ochenta, sin más motivo que una rivalidad con un amigo. "Competíamos por cualquier cosa, y cuando vi que estaba recogiendo gaseosas le aposté que yo conseguiría muchas más", cuenta Sánchez Barrios como si hablase del origen lógico de una actividad razonable.

Ganó la competición. Y hoy atesora miles de botellas en una nave de Madrid, donde está ubicada su empresa de instalación de casetas de exposición. A toro pasado, con la apuesta ganada, el anticuario de las gaseosas se permite la licencia de agasajar al perdedor: "Mi amigo no lo hizo mal; tiene una colección muy maja de 1.500 gaseosas".

Su repertorio es de museo. En abril expuso una selección de un millar de botellas en el Mercado Puerta de Toledo, donde detalló las características de su muestrario. Llevó firmas célebres (como La Revoltosa o La Casera) y muchas otras que no salieron de su pedanía: "En el pasado, cada pueblo se lio a hacer gaseosas. La gente montaba su tinaja de barro, abría el grifo y a rellenar", explica. El fin de esa explosión de pequeñas industrias de gaseosa lo determinaron las marcas potentes: "En los cincuenta las grandes empresas se quedaron con todo el mercado", lamenta el coleccionista.

Rafael Sánchez Barros cuenta sus cosas rodeado de viejos anuncios de publicidad de gaseosas. Uno de ellos, inspirado en los anuncios americanos más ñoños: el árbol de Navidad, la madre sonriente disponiendo la velada, el padre cabal y los chiquillos ilusionados: "Alrededor de la mesa, cena familiar: alegría, cariño, buen humor... Y para que nada agradable falte, sola o mezclada con vino, el agua insuperable. La Casera".

Como buen trabajador manual, este carpintero se interesa especialmente por la técnica de embotellado, y muestra con orgullo piezas singulares de su colección: botellas con cierre de corcho (anudado a un cordel del que se tiraba para destaparlas) y las de bola, que se conservaban en horizontal con una canica taponando el cuello del recipiente y liberaban el gas cuando se ponía derechas y bajaba la bola. Técnicas anteriores a la chapa de metal y al cierre articulado.

Pero si se trata de remontarse a la prehistoria de la gaseosa en España, Sánchez Barros tiene algo mejor, gaseosa en sobre. El agua carbonatada empezó a comercializarse en farmacias a principios del siglo XX. Venía en cajitas similares a las de cerillas, con elegantes leyendas de uso: "Verter el contenido de un sobre doble en un vaso con 200 centilitros de agua, obteniéndose de esta forma un refresco higiénico y saludable". El coleccionista acota la referencia a la salud: "Es que las gaseosas, más bien, se venían utilizando para ventosear".

La de Sánchez Barros es una colección patriótica. "Sólo quiero gaseosas españolas. Me siento muy español", zanja. Aun así, a él le va cualquier información relativa al producto.

Narra un cuento curioso sobre un viaje a Ecuador: "Fui a las minas de oro de Zaruma. ¿Y cuál fue mi sorpresa? ¡Conservaban gaseosas de la bola!", celebra. "Resulta que la mina la llevaban los ingleses y les traían gaseosas de su país, para no tener que beber el agua de allí, que les daba diarrea".

Y sube un peldaño más en su historiografía de la gaseosa. Ahora le toca a las huestes de Adolf Hitler. "En la II Guerra Mundial la tomaban los altos mandos nazis. Se las llevaban los soldados hasta donde estaban, arropándolas para que no se les congelasen", relata Sánchez Barros, que posee otro ejemplar de novela: una gaseosa con la estrella de David labrada en la botella. "Es francesa, anterior a la guerra. Bonita, la verdad".

El anticuario de las gaseosas da por acabada su colección de botellas. El agua carbonatada ya no tiene secretos para él. Ahora ha cambiado de afición -o manía- y recolecta juguetes antiguos. Para cuando vaya a coleccionar malvas, como todos los mortales, espera haber encontrado un museo que albergue sus tesoros. "No tengo ningún seguidor. Mis sobrinos no quieren saber nada. Me toman por loco", concluye Rafael Sánchez Barros.


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